Jamie

La noticia había sido tan devastadora como frustrante. El mismo Hoydt, que había sido testigo, apenas tuvo palabras para describir lo que había sucedido dentro de aquella sala.
Pasaron horas hasta que pudieron desbloquear la entrada que me había aislado para no comprometer al resto del edificio y sus habitantes, y otras tantas hasta que pudieron descontaminar mi cuerpo para trasladarlo a una unidad médica especializada.

Mientras, Bruce Banner consiguió trazar un mapa virtual de los lugares donde había habido un despunte de actividad radioactiva por toda la ciudad. Se había tenido que hacer servir de complicados servidores informáticos, fórmulas matemáticas y parámetros físicos para aislar la radiación común -como los microondas y las lámparas fluorescentes- de la radiación que buscábamos nosotros. Habría sido más fácil si hubiesen extraído una muestra de la ropa que llevábamos cuando atravesamos el portal, pero ninguno la llevábamos encima, y analizar los tejidos hubiese llevado días.
En total, fueron setenta y dos horas de pura angustia, frustración e impotencia.

O eso pensaba yo.

Ya era la segunda vez que abría los ojos en una sala de hospital dentro de este universo. La primera vez, primó el sentimiento de desconcierto y el miedo. Esta vez, el dolor era tan abrumador que sentí que me moría. Literalmente, sentí que me estaba muriendo.

Desperté unas pocas veces, cuando el dolor era tan insoportable que traspasaba la barrera de la inconsciencia, se infiltraba en mis sueños y me hacía gritar y convulsionar sobre la camilla. El dolor era como un cuchillo de punta afilada recorriéndome las venas, y el trazado de los músculos. Era como si la agonía hecha carne me diera un beso y respirara sufrimiento a través de mis pulmones.
Era como si cada célula de mi ser, cada tejido de mi cuerpo, se descompusiera para volver a montarse otra vez, sólo que al revés. Mi organismo era como un mueble del Ikea montado por un ciego.
Y de pronto, todo aquello cesó. El dolor, la sensación de estar siendo quemada en vida, la agonía. Todo aquello desapareció. Y por fin pude abrir los ojos.

Ya sabía que estaba en una sala de hospital, presumiblemente, una privada, pues no había ningún otro paciente agonizante a mi lado. La había visto en los pocos momentos en los que conseguía recuperar la consciencia, aunque la mayoría de veces pensaba que se trataba de una mala pesadilla. Todos esos camilleros reteniéndome contra la cama, las correas…

Traté de mover las manos, pero estaban fuertemente sujetas por estas últimas. Dios, sabía que la gente utilizaba fuerza desconocida al convulsionar, pero ¿tanta? Si sólo soy una pobre chica que apenas llega al metro sesenta…
-Tengo… -traté de hablar, pero me dolía terriblemente la garganta. Tenía los labios resecos, y cuando traté de humedecerlos pasando la lengua sobre ellos, me di cuenta de que esta parecía papel de lija- tengo sed…

La sala estaba vacía, las luces apagadas. Por un momento pensé que habría habido un apocalipsis zombie y se habían olvidado de mí en un hospital. Sí, pues que esperen. Prefiero morir de sed.
Pero no, el gotero sujeto a mi brazo estaba completamente lleno, probablemente lo habían cambiado hacía poco. Sólo podía mover la cabeza de un lado a otro, así que me dediqué a estudiar mi entorno: una cama (en la que estoy), una mesita, un sillón feo y una puerta. Fin.
Cerré los ojos de nuevo.
-¡Tengo sed! -Grité, tratando de hacerme oír a través de las paredes. Tuve que toser después de aquello, pues mi garganta se cerró como protesta por el esfuerzo.
Pero parece ser que tuve suerte, y un enfermero pasaba por delante de la puerta en aquel instante. Abrió, puso cara de sorpresa, horror, más sorpresa, y salió corriendo.

… ¿Qué?

Traté de mirarme a mí misma, pero estaba completamente cubierta por una manta muy gorda. No entiendo nada, ¿qué me ha pasado? ¿Se me habrá quedado la cara desfigurada? ¡Enfermero hijo de puta! ¡Si querías acojonarme lo has conseguido!
No pasaron ni dos minutos cuando el enfermero regresó, acompañado por un auténtico séquito de médicos, enfermeros, camilleros y gente con pinta de hacer experimentos de dudosa moralidad.
-¿Qué está…? ¿Qué me ha pasado?

Afortunadamente, atiné a vislumbrar un rostro conocido entre la multitud. Henry Pym, que se abrió paso entre la marea de batas blancas para aproximarse a mí, ya colocándose un estetoscopio en las orejas.
-Jamie, ¿te acuerdas de mí? -Me preguntó con tono firme pero suave.

Asentí inmediatamente con la cabeza, mientras el médico me retiraba la manta lentamente del pecho, lo justo para dejar a la vista algo de piel. Sentía como si tuviera un montón de sanguijuelas pegadas al cuerpo, pero al bajar la vista, pude ver algunos cientos de cables saliendo por entre las sábanas. ¿Hola? ¿Qué mierdas es todo esto? El doctor me colocó el fonendo sobre la piel -joder, qué frío está- y frunció el ceño.
-¿Qué está…? -Repetí, pero él alzó una mano para interrumpirme, mientras continuaba escuchando.
Después de unos segundos se quitó el fonendoscopio de las orejas, para sacar un termómetro del bolsillo de la bata después.
-¿Recuerdas que te metiste por error en una sala de experimentación? -Me preguntó, mientras lo agitaba para bajarle el mercurio.

Asentí con la cabeza.
-Sí, pero… -traté de hacer algún gesto con la mano, pero las correas me impidieron moverme- ¿de verdad tengo que estar atada? Ya estoy consciente, podéis soltarme.

Henry me miró con expresión ceñuda, y después a los camilleros. Había un montón de médicos revisando los aparatos que registraban mis constantes vitales, y no se me pasó por alto que otros tantos me miraban con los ojos como platos, intercambiando la vista intermitentemente entre mi persona y el manojo de papeles que llevaban en las manos.

Quise preguntar qué diablos me pasaba, pero de pronto me dio auténtico pánico lo que pudieran contestar. Escuché cómo se disparaba el ritmo de mis constantes vitales, y traté de respirar hondo para calmarlas, pero este no dejó de subir.
-Jamie… -titubeó Henry Pym, observando el electrocardiógrafo.
-Suéltame, por favor -rogué, empezando a agobiarme de verdad. Estiré de las correas hacia arriba, simplemente para aumentar la vehemencia de mis palabras, pero, para mi sorpresa, estas crujieron.
Una enfermera que estaba tomándome la temperatura dio un paso atrás, asustada. En serio, ¿qué-está-pasando-aquí?

Volví a estirar de las correas, esta vez concentrando más fuerza en los brazos, y aunque sentí cómo se me clavaba el cuero en la piel, crujieron con más violencia, hasta que de pronto, con un sobresalto, se partieron por la mitad.
-Jamie, cálmate -repuso el científico, mirándome con expresión ceñuda.

Pero no estaba nerviosa. No estaba enfadada, ni me sentía peligrosa. Estaba… asustada, y confusa. Me miré los brazos. Ahora que había conseguido destaparlos, observé que estaban… diferentes. MUY diferentes. Donde antes sólo había dos bracitos enclenques y un poco… fláccidos, ahora…
Con las manos temblando, me arranqué las sábanas de encima, mientras me incorporaba. La habitación me dio vueltas al moverme tan deprisa, pero traté de ignorar la sensación palpitante de las sienes en mi cabeza, mientras trataba de ponerme en pie. Pym alargó las manos para tratar de sujetarme, quizá por si me desplomaba, mareada, o quizá para detenerme. No lo sé. Lo que sí sé es que de pronto me dio la sensación de que tanto la habitación como todos los que la llenaban, habían encogido. Tenía casi la misma altura que el hombre hormiga, al que le miraba prácticamente de igual a igual. Cuando tan sólo hacía unas horas tendría que haberme puesto de puntillas para besarle en la mejilla.
-No entiendo… -a punto de echarme a llorar, y completamente mareada, me dejé caer de nuevo sobre la camilla, hasta acabar sentada en ella. Ni siquiera me colgaban los pies por el borde, sino que los podía apoyar cómodamente sobre el frío suelo.

Mis piernas, antes cortas y rellenitas, salían de la bata de laboratorio completamente torneadas e incluso musculosas. Cerré los ojos, incapaz de seguir viéndolas. Este no es mi cuerpo. No puede serlo.
-Irrumpiste en una sala de investigación… Estaban tratando de reproducir por radiación un tipo de suero que… bueno, potencia las habilidades físicas de los seres vivos -me mordí el labio. Estaba hablando del suero del supersoldado. No puede ser. No. Puede. Ser.- Un poco como los experimentos de rayos Gamma de Bruce Banner -Pym me miró, esperando un asentimiento por mi parte que le animara a seguir, pero simplemente me quedé callada y quieta, mirándome las manos en el regazo- parece ser que te ha… te ha afectado de la forma en la que los científicos querían que te afectara. El resultado es sorprendente, e increíble. Pero no tenemos ni idea de los posibles efectos secundarios. Tendremos que hacerte algunas pruebas.

La vista de mis manos se emborronó, mientras los ojos se me llenaban de lágrimas.
-¿Dónde está Mark? -Pregunté, sintiéndome desamparada, sola, y como una especie de conejillo de indias involuntario.

Al parecer, Hank parecía contento de poder darme una buena noticia al fin, pues soltó un suspiro y sonrió.
-Le llamaré en seguida. Volvieron hace un par de días.

Acompañé el suspiro de Pym, aliviada.

Espera.

Espera.


¿Cómo que “volvieron”?



¿Qué?

Quién teme al lobo feroz

¿Quién teme al lobo feroz, al lobo, al lobo? ¿Quién teme al lobo feroz? 

Chas, chas, chas. El sonido de las tijeras aportaba la base de percusión de aquella canción, que no dejaba de dar vueltas por la mente del hombre que las manejaba. Chas, chas. Le encantaba la sensación gomosa de la carne atrapada entre los filos de las tijeras, pellizcada hasta que se abría como una flor bajo un sol primaveral. Quién teme al Lobo Feroz… 

El séptimo, este era el séptimo. Siete niños cuyo cabello dorado y moldeado en apretados rizos les hacían parecer ovejitas. Encerrados en la parte trasera de su sótano, apretados unos contra otros con los ojos abiertos de par en par por el terror, con sus ojitos brillantes, mirándole sin comprender. Con sus vocecitas agudas y ateridas por el frío balaban a un ritmo extremadamente relajante. Algunos hombres atormentados expresaban por la televisión que los remordimientos por los asesinatos que habían cometido durante la guerra no les dejaban dormir. Él meditaba sobre la posibilidad de hacer un CD con el sonido de los últimos estertores de sus cabritillos para ponérselo todas las noches. Para contar ovejitas antes de dormir. Una, dos, tres… así hasta siete. Se carcajeó. 

Chas, chas. Ahora cortaba la ropa para llegar a la carne. Una carne blanca y tersa. Algún lunar minúsculo manchaba una zona específica, pero chas, chas, chas, no había defecto que un buen tijeretazo no arreglara. 

 La frente del hombre se encontraba perlada en sudor, cuyas gotas descendían por su rostro en una alocada carrera por alcanzar el cuello de su camisa. Una vez allí, se fundían con otras gotas, gotas de sangre o de otros fluidos, en un cóctel corporal que, si existiera, le encantaría pedir en su bar habitual. 
El hombre rio entre dientes, imaginándose a sí mismo con la facha de Humphrey Bogart en Casablanca, con sombrero y gabardina, pidiendo un coctel de fluidos de niño. Agitado, no revuelto. Se rio entre dientes, imaginando la expresión del camarero al abrir el frigorífico y sacar algún órgano diminuto, quizá un páncreas, y verter la bilis en la coctelera. 

 Quién teme al lobo feroz, al lobo… 

Todos en aquel pueblo temían al Lobo Feroz. Así le había llamado la prensa tras la tercera desaparición. Fue la prensa quien le dio la idea de hacer desaparecer siete niños. Siete cabritillos indefensos que se habían quedado solos en casa, y cuya madre debía hacer pasar la patita por debajo de la puerta. Una garra monstruosa pintada de blanco. 

 Eran niños estúpidos. Habían vendido su vida por una cantidad irrisoria de caramelos rancios. Le habían seguido a su furgoneta, al final de la calle. Cogidos de su mano, sintiendo, con cada paso, que algo no iba bien. Es fascinante cómo funciona la mente del ser humano. Aquellos niños estúpidos no tenían ni idea de lo que les iba a hacer el desconocido. No sabían qué estaba pasando, pero algo dentro de ellos se activaba, y de pronto sentían que algo no iba bien. El hombre siempre se concentraba, atento, esperando ese instante, y podía sentirlo, ese micro segundo, por la presión que ejercía la mano del niño en la suya. De pronto se tensaba, como si le recorriera una corriente eléctrica, y el niño comenzaba a mirar hacia atrás, para buscar a sus padres. 
Se le borraba la sonrisa de la cara, sus rizos se movían al ritmo de su respiración, cada vez más agitada. Ahora la sonrisa de aquel hombre que le había ofrecido caramelos ya no les parecía confidente, sino aterradora. Y aquel hombre de sonrisa aterradora los subía a la parte trasera de la furgoneta, cargándolos como si fueran mercancía barata, y los encerraba, escuchando con placer sus balidos asustados tras las puertas metálicas. 

Y él silbaba aquella cancioncita que se le había contagiado sin remedio después de leer todos los titulares sobre el Lobo Feroz. Recordaba aquella película infantil. Se recordaba a sí mismo frente a la televisión, de niño, cinco o seis años como mucho, sentado en la colorida alfombra de su casa. Su padre le había sorprendido con aquella película. La había alquilado sólo para él, le susurró al oído con labios húmedos. Su madre no estaba en casa, y cuando ella no estaba, papá se ponía muy cariñoso. Él era un niño pequeño, sentado en la alfombra con la vista puesta sobre la pantalla, mientras papá se sentaba a su espalda, con las gafas empañadas por la emoción. Él trataba de concentrarse en las imágenes que desarrollaban frente a sus ojos. Intentando con todas sus fuerzas olvidar las manos de su padre sobre sus hombros, acariciándole. Y más abajo. No sabía lo que estaba pasando, pero una alarma roja, como aquellas que anunciaban en las centrales nucleares de las películas, se había activado en su mente. Los ojos se le empañaban de lágrimas, emborronándole la visión, así que se concentraba en la música. Quién teme al lobo feroz, al lobo, al lobo… 

 Y ahora, ya de mayor, mientras trabajaba, no podía dejar de recordar esa canción. De joven le había llenado de ira, de asco, de vergüenza; pero ahora, por algún motivo, le causaba nostalgia. 

 El séptimo y último niño. Despiezado a sus pies como un rompecabezas barato. Le encantaba la palabra rompecabezas, era tan agresiva y evocadora, tan terrorífica si se interpretaba literalmente. Y era el nombre de un juego infantil. ¿Y se habían atrevido a llamarle loco a él? El mundo estaba loco.
 El séptimo y último niño. Se guardaría uno de sus mechones de cabello dorados en su álbum de recuerdos, y después tiraría los restos por el bosque. Le gustaría enterrarlos, pero era invierno, y joder si era difícil cavar una zanja en el suelo helado. Las películas hacían que pareciera fácil, sólo una persona y una pala. Pero no, los arqueólogos utilizaban un martillo pilón para quebrar las primeras capas de suelo antes de poder acceder con el pico y la pala. Y él no disponía del tiempo y de la escasa sutilidad del martillo pilón. Tendría, pues, que echar los restos para que las alimañas se encargaran de esparcirlos y ocultar los desechos. 

De todos modos, era meticuloso, nunca dejaba ninguna prueba. Nada de carne bajo las uñas de los bastardos, que arañaban como gatos panza arriba cuando se sentían acorralados. Hijos de puta. Nada de piel bajo las uñas, nada de ADN en sus diminutos cuerpecitos. Nada de sangre en su casa, ni cabellos reveladores –excepto, claro está, los del álbum- ni siquiera un móvil que le vinculara con los niños. Sonrió para sí, mientras metía los pedazos del puzle humano dentro de una bolsa. Sólo era un pobre comerciante, alguien amable y discreto, que hablaba con sus vecinos y recortaba pulcramente el césped de su jardín. Ningún olor extraño salía de su casa, ni efectuaba ninguna salida a deshora. Era tan jodidamente perfecto. Tan, tan formal. Nadie podría dudar nunca de él. 

 El hombre comenzó a imaginar el momento en el que, dentro de muchos, muchos años, descubrieran sus álbumes de recortes, hilaran sus viajes a través del país y conectaran todos los crímenes con él, ya anciano y demente en un hospital, o incluso muerto. Todos los que fueron sus vecinos, impresionados y desconcertados, dirían “era un hombre muy normal. Siempre saludaba”. 

Metió una bolsa de tela dentro de otra bolsa igual, y ésta dentro de otra, encarnando una matrioska esperpéntica cuya última figurita era una sorpresa de carne y vísceras. Sabía que las bolsas de plástico eran mucho más cómodas, pues impedían que el contenido goteara por el suelo, y cubriera el maletero de su coche de una pasta maloliente de secreciones corporales. Pero iba a tirar esas bolsas en el bosque, ¿sabes cuánto tarda en descomponerse una bolsa de plástico? No, él era un tradicional, y le gustaba meter a sus cabritillos en sacos de tela. Al fin y al cabo, si desparramara un montón de bolsas de basura por el bosque, ¿qué clase de monstruo sería? ¿Qué clase de mundo les estamos dejando a las próximas generaciones si ni siquiera podemos tirar nuestros desechos con responsabilidad? ¿A quién le gusta ir a pasar una tarde al campo y encontrarla llena de trozos de plástico? Odiaba cuando se le estropeaban los picnics por culpa de algún malnacido sin escrúpulos que tiraba sus latas de cerveza al suelo. 

Se echó el saco al hombro. Joder, ¿sabes cuántas tortugas marinas mueren al año por tragar los desechos que tiramos al mar? Los seres humanos son tan irresponsables. Por eso él intentaba ser un buen ciudadano, reciclar, utilizar energías renovables y, desde luego, tirar sus desechos en sacos de tela. Biodegradables. 

 Mientras se metía en el coche y giraba la llave del contacto, observando con parsimonia cómo se abría la puerta del garaje, recordó aquellos artículos que hablaban de él y sus travesuras. Le decían cosas muy poco agradables. Le llamaban desalmado, “el desalmado asesino conocido con el nombre de “Lobo Feroz”. Así había sido la primera línea del último artículo que había caído en sus manos. ¿Desalmado él? Si era vegetariano. Acudía a la iglesia religiosamente cada domingo, e incluso donaba parte de su sueldo a caridad. Y en Navidad iba a repartir comida a un comedor social. Desalmado, si ellos supieran. 

 Si era culpable de algo, era de ser un amante de la infancia. Le gustaban los niños. Les sonreía en el autobús y les sacaba la lengua si le miraban fijamente en la cola del supermercado. Era amable con ellos, incluso podía hacer que un bebé en sus manos dejara de llorar. Y la mayoría de las veces ni siquiera necesitaba estrangularlo. Pero es que tenía algo en su cabeza que… que no funcionaba bien. Sí, era eso. Él no era malo, era culpa de aquella voz que le decía cosas. Él le llamaba Fred. Fred le daba órdenes, le instigaba a coger las tijeras y chas, chas, chas. Hacía que sintiera un placer indescriptible al sentir la piel suave de los niños abriéndose como el suelo durante un terremoto. Como si fuera Moisés, y sus tijeras, un báculo para abrir las aguas del Mar Rojo. Un Mar Rojo chorreante de agua roja. 

 Se sentía tan poderoso. Lo disfrutaba. No. Sacudió la cabeza. No era él quien disfrutaba. Era Fred. Era Fred el Lobo Feroz, no él. Él era una buena persona. Él había rescatado un cachorro de una caja cuando era niño. Le había dado de comer, e incluso lo llevó al veterinario. Fue Fred quien le aplastó la cabeza con una piedra. Sus sesos se desparramaron sobre el suelo como una pintura expresionista que estuvo contemplando, como hipnotizado, durante horas. Y fue Fred quien le pidió entonces que cogiera unas tijeras, para conservar la piel como recuerdo. Chas, chas, chas. Aún se estremecía al recordar aquellos primeros tijeretazos. Una primera experiencia inolvidable, como la de un infante que comienza a andar, como el primer beso, como el primer te quiero. Sólo un par de chas, chas, y el perrito dejó de ser un perrito, y empezó a ser sólo trozos, pequeños elementos de un puzle desarmado.

Sonrió mientras conducía, casi se sentía como una especie de rebelde, como una especie de anarquista al que, en contra de la tendencia natural, le gustaba desarmar los puzles, en lugar de montarlos. No le gustaba lo que hacía Fred, pero le gustaba su resultado. Creaba misterios. Esta noche, después de esparcir los restos del corderito por el bosque, esperaría sentado junto a la televisión, impaciente como un niño en Navidad, a que la policía comenzara a jugar. Él creaba el misterio, el rompecabezas humano, y los polis tenían que resolverlo. 

 Mientras observaba los faros de su coche iluminando la carretera frente a él, enumeró los nombres que se le había dado por todo el país. Durante el transcurso de los años, la prensa, la policía, le habían bautizado con toda clase de motes: el Sacamantecas de Boston; el Conductor de la Muerte; e incluso durante un breve descanso en un estado liberal se había barajado la posibilidad de que sus crímenes fueron cometidos por una mujer. Bueno, sus crímenes no, los de Fred. Le llamaron La Babysitter, y sinceramente, le ofendió bastante. ¿Una mujer, él? ¿Qué se habían pensado, que las mujeres tenían la inteligencia o la capacidad para hacer lo que él hacía, tan meticulosamente? Finalmente, el Lobo Feroz había sido el último de sus nombres, pero sin duda el que más le gustaba. 

 Quién teme al lobo feroz, al lobo… 

Se sentía tan feliz, tan confiado, tan optimista, que si en aquel preciso instante, a aquel hombre orgulloso de portar el nombre de un personaje de cuento, le hubiesen dicho que al día siguiente a esas horas ya llevaría mucho tiempo muerto, se habría reído. 

¿Él? ¿Con lo cuidadoso que era? ¿Él, con lo buen conductor que era? No era fumador, ni bebedor. ¿De qué iba a morir? Jah, habría dicho, si fuera un hombre hablador. Pero como no lo era, se limitaría a sonreír esbozando una mueca condescendiente, paternalista, y negaría con la cabeza. 

Los accidentes no ocurren así como así. La gente no muere porque sí. Eso lo sabía bien él. Él, quien se dedicaba a repartir la vida y la muerte como si fuera Dios. En cierto modo lo era. Lo era para esos niños que habían pasado tantos días encerrados en su sótano. Lo era, porque con su dedo divino, señalaba al próximo cabritillo. “Al cordero de Dios”, pensó, esta vez sin poder reprimir una sonora carcajada que resonó con la fuerza del petardeo de un tubo de escape. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Ten piedad de nosotros, habrían rezado los bastardos. Si sus mentes inferiores supieran el significado de la palabra piedad. Con sus narices llenas de mocos y su barbilla cubierta por el rastro blanquecino del recuerdo de un reguero de babas, sólo se limitaban a mirarle con los ojitos brillantes, en la oscuridad. Esperando el Dedo divino, esperando que el que ahora era todo su mundo, su Dios, les bendijera con algo de comida y agua, o les maldijera con la barra de metal con la que les dejaba inconscientes antes de llevarlos escaleras arriba. 

 “El bautizo de hierro”, pensó que debería llamarlo a partir de ahora. Le había gustado lo de Dios. Quizá lo sugiriera a algún periodista de la próxima ciudad a la que fuera. El Lobo Feroz le estaba cansando. Dios le gustaba más. Sí, definitivamente, en la próxima ciudad haría que le llamasen Dios. Tanto la prensa como los niños. “¿Sabes decir Dios?” Les preguntaría antes de llevárselos, agitando una tentadora bolsa de caramelos rancios ante los ojos de esos avariciosos mequetrefes. 

Sucios hijos de puta. Cómo iba a sentir pena por ellos, o por sus progenitores, cuando salían por televisión en aquellos denigrantes programas de televisión amarillista. Le gustaba especialmente observar, analizar a los padres, si es que los niños los tenían; le gustaba ver su rostro abatido, sus ojos tristes y su expresión de culpa, siempre al lado de una madre gorda y llorosa, completamente repugnante, suplicando a la cámara entre lágrimas que le devolvieran a su pequeño. Con un rastro de mocos idéntico al que goteaba desde la nariz de su hijo, en el sótano. 

Y perdido en aquellos pensamientos, el Lobo Feroz, la Babysitter, el Sacamantecas de Boston, Dios, o simplemente Fred, condujo durante unas cuantas horas, con el asiento trasero del coche repleto de cajas y mantas, las pocas pertenencias que gustaba de llevar consigo en sus múltiples viajes, en sus expediciones a través del país. Después de enterrar a este último animal, se mudaría. Ya había agotado definitivamente su último mote, y ahora quería explotar otros. Otros mundos, otros cabritillos. No, cabritillos no, ahora serían corderos. Corderos de Dios. Y la prensa conservadora relataría cómo él actuaba a través de los designios del Señor para limpiar el pecado del mundo, para castigar a aquellos padres pecadores, aquellos seres ridículos que se habían dejado llevar por el pecado y el fornicio hasta engendrar pequeños heraldos de Satán. Y aclamarían su nombre. Sí, sí… se relamió, sintiendo cómo se le empañaban las gafas. Sí, joder, le gustaba. 

Le encantaba esa idea. 

Imaginó a los telepredicadores anunciando el Día del Juicio, donde los pequeños se levantarían para mirar acusatoriamente a sus padres, a través de sus cuencas vacías, y preguntarles el porqué de su corta y lamentable existencia. Y como si el mundo, el destino, o el mismo Dios estuvieran aclamando su visión, aquel hombre observó con deleite cómo el cielo, que antes había brillado con la luz de mil estrellas sobre un fondo de negro aterciopelado, comenzaba a cubrirse de nubes. Nubes que anunciaban tormenta. 

Le encantaban las tormentas. 

 Mientras fuera lo bastante cuidadoso como para no dejar las huellas de los neumáticos sobre el barro, o las suyas propias, la lluvia jugaba siempre a su favor. Recordó aquel primer asesinato fuera de su país, en Europa, en uno de esos países donde siempre llovía. Aquel bendito chaparrón eliminó los inadvertidos restos de su propio ADN, cuando todavía era joven y descuidado. 

Le encantaba la lluvia. El mundo estaba aplaudiendo sus acciones. El destino le estaba dando ánimos para seguir con su misión. Lo estaba haciendo bien. Lo estás haciendo bien, Fred, murmuró para sí mismo. Para Fred. No le gustaba lo que hacía Fred, pero estaba claro que al destino sí. Quizá no estuviera equivocado. Quizá sus métodos fueran los correctos. Quizá algún día lograría encontrar la satisfacción plena, la que buscaba incansablemente cada vez que chas, chas, chas… esa satisfacción que se le escapaba de entre los dedos como la arena de la playa, como el agua, como la seda. Esa satisfacción que sentía tan efímera dentro de él, tan fuerte y leve a la vez, y por la que pasaba horas sollozando cuando la sentía perdida. Y la buscaba cada vez más incansablemente, cada vez más frecuentemente, cada vez más brutalmente. No podía hacer nada, era Fred. Fred no existe, eres tú. No, era Fred, él le obligaba. Era él quien no estaba satisfecho. 

 Pero un sonido lejano le arrancó de sus pensamientos como una bofetada. Apagó la radio, prestando atención. Los truenos. Eran truenos lejanos que avanzaban hacia él con la tormenta que veía aproximarse en el horizonte. Fred no estaba equivocado. No estaba equivocado. Aquellos truenos resonaban con el eco de tambores de batalla. Como el rugido gutural de los hinchas en un estadio. Eran sus fans, aclamándolo. Alentándolo. Era Dios, celebrando su victoria sobre el mundo. Era Él, dándole permiso para continuar con su legado. Pues, ¿no había solicitado Él el sacrificio de Isaac en manos de su padre? Le encantaba su estilo. Era cruel. 

Media hora más tuvo que conducir hasta que encontró el sitio perfecto. El sitio donde cerraría aquel cuento de hadas antes de abrir las primeras páginas del Evangelio. Donde dejaría de ser el Lobo Feroz para convertirse en Dios. Cada vez le gustaba más ese nombre, sentía un estremecimiento de orgullo en el pecho cada vez que pensaba en él. Aparcó el coche en un arcén y descendió de él con la gracia de un bailarín, con la alegría de un perro que va a dar un paseo por su parque favorito. 

Descendió y avanzó rápidamente hacia el maletero, para sacar, de entre sus cajas y maletas, aquella matrioska de bolsas y niño. Se la echó al hombro profiriendo un quejido con la garganta, y comenzó a caminar, protegido por la oscuridad de miradas indiscretas. Sobre él la tormenta comenzó a rugir con toda su intensidad, y pronto un fuerte chaparrón comenzó a asolar un valle en la lejanía. 

 Embargado en una euforia que casi, casi se parecía a aquel sentimiento orgásmico que le embargaba cuando, ya sabes, chas, chas, chas, corrió hacia aquel valle y pronto se vio completamente empapado por las gruesas y frías gotas de agua que caían como una espesa cortina. Allí, al pie de un árbol, descargó al pequeño personaje de un cuento de terror, y allí, satisfecho, apoyó la mano contra la madera del árbol y miró hacia adelante, hacia el futuro que, creía, se extendía frente a él. Frente al que iba a ser el próximo Mesías de Dios. 

Dios estaría orgulloso de él. 

 Y como una respuesta divina, un rayo descendió sobre él, a través de la copa del árbol contra el que se encontraba apoyado. Tan sólo logró escuchar un sonido zigzeante, como el de unas tijeras, chas chas, chas, antes de terminar la frase que formulaba en su mente. Quién teme al lob

Kent (y alrededores)

Como pasé muchos días en Kent (unos 13), y no en todos hice algo destacable, he decidido romper con mi costumbre de dividir los viajes en días, y en lugar de ello los dividiré por lugares. 
Ese país es un cliché andante. Con deciros que lo primero que vi al bajar en la primera escala en el continente fue un comité entero de judíos ortodoxos (de los de los ricitos en las orejas), y después, le pregunté indicaciones a un poli y me encontré al puñetero Capitán América (altísimo, cachas, rubio, ojos azules, guapísimo.OMG).

Kent

Según wikipedia, Kent es una ciudad ubicada en el condado de Portage, en Ohio (no dice mucho más). Bueno, no puedo opinar con total propiedad porque es el único sitio donde he vivido de EEUU, pero me pareció muy bonito, y muy cliché. No sé, EEUU es... todo lo que sale en las series y películas. No se han inventado nada. Es como si, para hacer una peli, dejaran la cámara en la calle y todo lo que sale, es lo que ahí existe. 

En fin. Lo que os iba diciendo. Kent es una ciudad muy pequeña. Como en todas las ciudades de EEUU menos Nueva York (y creo que Chicago), está construida a lo largo, en vez de a lo alto. Porque tierras, tienen para aburrir. Por lo tanto, el downtown (eso es, el centro de la ciudad), es diminuto, casi anecdótico. Vamos, que te lías hablando y cuando te quieres dar cuenta ya has salido de él. Como en Italia, no hay muchos lugares para ir andando, porque aquí las distancias son tan largas y la gasolina tan barata que merece la pena ir en coche a todas partes.
También es cierto, y eso es algo a lo que sí les doy mérito, que en yankilandia en lugar de ir a un terreno, derribar todo lo que hay, asfaltar y después, si eso, plantar árboles, es como que respetan un poco la naturaleza del lugar y se adaptan. La sensación que me dejan es la de que han ido surgiendo casas a la vez que árboles y setos. Y la verdad es que el resultado es precioso.
Pero bueno, no os aburro ya y os pongo las fotos.

Este es el "paisaje" que se veía desde la ventana del salón de la casa. Es un barrio residencial muy bonito y tranquilo (exageradamente tranquilo), y a unos pocos metros detrás de la casa había un río con un paisaje precioso. Yo no los he visto, pero mis tíos nos enviaron fotos de ciervos pastando en su jardín en invierno. Ciervos no lo sé, pero ardillas hay para aburrir. Claro, tanto árbol. Todas gordas, negras o marrones, muy cuquis.



¡Ardilla!

Y no sólo ardillas. Este pequeñín vivía debajo de los escalones del porche, es una ardilla listada tipo Chip y Chop, y en varias ocasiones no pude evitar dejarle algo de comida. Porque era tan cuquiiii. Más adelante descubrimos que vivía con su novia (¿que cómo sé que es su novia? Bueno, digamos que un día se despertaron fogosos y se pusieron a hacer... Chopitos ante nuestras atentas y enternecidas narices)

El downtown de Kent. Recientemente rehabilitado, lo cierto es que resulta un pueblo de lo más encantador.




En este callejón -creo recordar- estaban las que para mí fueron las mejores tiendas del pueblo: la tienda de cómics (of course), y una tienda donde vendían palomitas. Sí, palomitas. Nos compramos unas con sabor a caramelo que estaban que te caías de culo. Me hubiese alimentado sólo de eso durante todo el viaje. Bueno, hasta que descubrí los cinnamon rolls. Madre mía, pura droga que son.



Esta era una tienda de antigüedades alucinante. Y una anécdota: según mi tía, todo en este país se basa en la confianza. Era una tienda llena hasta los topes de un montón de artilugios y objetos pequeños de valor. Excepto los muy valiosos, como joyas, los demás estaban expuestos al alcance de cualquiera. Pero la dependienta apenas nos atendió desde la trastienda, y cuando le dijimos que sólo queríamos echar un vistazo, ni nos volvió a hablar. O sea, ni siquiera recuerdo qué pinta tiene. Nos dejó pasearnos por toda la tienda sin ninguna supervisión. ¿Apostamos cuánto habría durado una confianza así en nuestro querido país? En fin.





Excepto una o dos, todas estas preciosas casas eran hermandades universitarias. Como las de las pelis, sí.


La antigua estación de trenes. Había sido un restaurante durante mucho tiempo, al parecer.


Con su propio tren y todo.

Hablando de la confianza, esto estaba en una de las plazas del pueblo. Un lugar donde dejar y llevarse libremente libros infantiles. Me parece una iniciativa preciosa.



El río que os decía, con un puente que me recordó al de los Puentes de Madison. Muy auténtico todo, le faltaban los castores construyendo una presa. Por lo visto durante el siglo pasado había sido un auténtico vertedero, y desde la última década lo han intentado rehabilitar y volver a hacerlo potable para aumentar la vida salvaje y... bueno, la salubridad del pueblo.




En uno de los paseos nos encontramos con esta amiguita. Mi tía fue a tocar una flor que estaba justo sobre ella, y yo me quedé mirando en plan... ¿Eso es una serpiente de verdad? Por suerte ella parecía igual de aturdida que nosotras y no nos hizo nada. (Momento para recordar que yo llevo toda la vida viviendo en la ciudad y que nunca había visto una serpiente viva más allá de las tiendas de mascotas).


Algo que me contaron mis tíos sobre Estados Unidos es que es un país dividido por una línea: en un lado de la línea, si tienes suerte, vives en un lugar rico, con altos sueldos y por lo tanto tienes que pagar muchos impuestos a la comunidad. Con esos impuestos se financian cosas como los colegios (el colegio donde iban mis primos era alucinante, con piscina y campos de futbol y cosas así) y las bibliotecas, y gracias a eso puedes tener una buena educación que te permita ir a la universidad y tener un buen trabajo con un buen sueldo que te permita pagar impuestos altos. Pero al otro lado de la línea, si naces en una zona deprimida económicamente... ay, amigo. Búscate la vida.
En fin, os contaba esto para enseñaros lo increíble que es la biblioteca: esto es la entrada a la sección infantil.

Pero como país es absurdo. Como tienen que ir en coche a todas partes, no tienen la opción de acudir al supermercado de la esquina a por víveres, y por lo tanto sus compras son multitudinarias y absolutas. O sea, mirad el tamaño de esta caja de cereales.


Porque los supermercados están, como veis, en verdaderos polígonos industriales. Un poco como aquí los Carrefour.

Pero da igual, todo es absurdamente gigante aquí. O sea, mirad el tamaño de estas tortitas (¡con bacon y tortilla francesa! ¿Qué clase de animal se mete eso entre pecho y espalda para desayunar?) ¡Parecen crêpes! ¡Y ni siquiera yo hago las crêpes tan grandes!



Granja-museo y mercado Amish

La primera escapadita fue con un matrimonio australiano amigo de mis tíos. Nos llevaron muy amablemente a visitar una feria de ganado donde participaban los amish de la región, y después nos invitaron a acudir a una granja-museo amish del siglo XVIII.
Lo curioso de los amish es que por lo visto cada pueblo tiene como sus propias normas respecto a la adopción de prácticas modernas: algunos tienen triángulos luminosos en el carricoche, otros utilizan cremalleras y plásticos, otros nada de nada...
De hecho, era muy gracioso ver a las señoras vestidas de doncellas victorianas, con crocs o deportivas de Nike.

Por lo visto consideran una falta de respeto que les saquen fotos, así que todas tienen que ser de espaldas. Y no voy a ser la primera que falte al respeto a un amish. Porque serán todo lo que tú quieras, pero admiro su dedicación al trabajo.



Al lado de la feria había una especie de mercadito. Y donde en el mercadito de tu barrio tú puedes encontrar zapatillas de ir por casa, pues en yankilandia no puedes sino ver... rifles y escopetas. Claro que sí, guapi.



En el camino hacia la granja amish pasamos por un local especializado en chocolate casero. De hecho, había un rincón en la tienda por donde podías ver a las trabajadoras haciéndolo y empaquetándolo. Estaba de muerte y el local era precioso y encantador.


Y el paisaje frente a él, despatarrante.
Será porque soy del levante, pero los paisajes verdes siempre me dejan anonadada, y esta región parece que no tenga ni un solo hueco libre de árboles o naturaleza, con una gama de verdes profundos impresionantes.

Llegando a la granja, el lugar era precioso. Decía el matrimonio australiano que podías diferenciar la casa de un amish porque no había postes de electricidad ni nada por el estilo. ¿Cómo consiguen apañárselas sin electricidad? Debe ser muy impeditivo.





En el granero, parecía que la primavera había llegado justo a tiempo para recibir a absolutamente todas las crías del año. Todas las hembras de la granja parecían haber aprovechado para parir todas a la vez, y nos queríamos morir de amor más absoluto.




Las muñecas amish (de las que me enamoré profundamente, de hecho me compré una) no tienen cara para evitar un nosequé de la vanidad. Y ese amasijo de telas que hay al lado es una pelota. Desde luego, electricidad no tendrán pero reciclar, reciclan.





Un mueblecito especial para dejar los sombreros. Muy ocurrente.


Al parecer, tradicionalmente son los hombres amish los que llevan botones, mientras que las mujeres se abrochan los delantales y los vestidos con simples alfileres. La explicación es que los botones son más valiosos, y ya que los hombres hacen trabajos físicos más duros, los necesitan más. Sin embargo, tanto niños como niñas llevan botones (porque se pasan el día haciendo el cabra por igual).



El guía que nos hizo la visita por la casa (llamado Samwel y por cierto, muy guapo), había sido menonita pero había abandonado su pueblo para, por lo visto, vivir aventuras, pues había vivido en muchos países diferentes (y chapurreaba un poco de castellano). Es curioso ver que la gente puede tener unas vidas tan diferentes a la tuya.


Pueblo del siglo XIX

Otro día fuimos a visitar un pueblo que a mí me recordó inmediatamente a la peli de El Bosque, sólo que deshabitado y no rodeado por un inquietante bosque lleno de criaturas falsas. 
Bueno, que me desvío. Era un pueblo artificial compuesto por casas del siglo XIX que habían sido rescatadas de otros lugares y trasladadas allí a la manera de pueblo antiguo.

Aunque antes de ir allí, paramos a comprar y probar auténtico y casero sirope de arce. No me gustó mucho, pues como todo en este país, es increíblemente dulce. Es como comer azúcar líquido. Pero el lugar donde lo vendían, es súper auténtico.





Este es el pueblo que os decía, ojalá pudiera recordar el nombre. Tenía un montón de casas, cada una con un propósito.



Por ejemplo, el colegio...

Amueblado por dentro con sus pupitres y sus pizarritas.


La iglesia.

La farmacia y la casa de la modista, que a mí, personalmente, me enamoró. Ahí es donde quiero vivir <3 p="">



¿Es cuqui o no es cuqui?


La estación de trenes.


Con su tren y con sus maletas dentro y todo.




El aserradero.

Gallinas en la granja.


El pequeño huerto.


Y un caballo que parecía majo al principio pero que tenía un cartel que rezaba "no tocar, el caballo muerde". Aun así me acerqué peligrosamente para que hacerme una foto con él. Es que ¡mira qué ojitos tiene!






El ayuntamiento.






Y un pozo que había ya fuera del lugar. Parece el pozo de los deseos de Blancanieves. Igual le tenía que haber cantado algo, no sé. O igual no, que con lo mal que canto en lugar de un príncipe encantador me sale la Niña de The Ring.



Stan Hywett Hall&Garden

Creo que, exceptuando las cataratas del Niágara, esta es la visita que más me impresionó. Se trata de la casa de uno de los fundadores de la marca Goodyear, que al parecer fue construida por el mismo fundador, un loco de los gadgets; y por su mujer, una loca de la historia y las antigüedades. Juntos viajaron por Europa buscando un estilo arquitectónico que les gustara para su nueva casa, y encontraron el estilo inglés Tudor. Así que lo trajeron aquí y crearon un neotudor.





Ya que la mujer era una apasionada por la historia, trajo toda clase de antigüedades reales, como esos tapices o las estructuras de madera que podemos ver en las paredes. Y las que no eran reales, trató de hacer parecer que lo eran. Por ejemplo, al instalar el suelo de uno de los pasillos se dieron cuenta de que quedaba "muy nuevo", así que contrató gente expresamente para que lo desgastaran a base de caminar sobre él, saltar...
Aunque era una casa con calefacción central, instaló una chimenea en cada habitación, pues así es como eran las mansiones Tudor de la época.







La salita de juegos.



También era una apasionada de la música y el canto, y tenía una sala enorme sólo para dar y recibir recitales. Fundó un club musical que sigue hasta hoy en día.



Este mosaico representa una leyenda inglesa que ya no recuerdo, pero es precioso.



La biblioteca.


Todos los paneles estaban pintados a mano.



El comedor principal.



Y mientras que la mujer era una fanática de la historia, el marido era un nerd total. Apasionado de los gadgets y la tecnología "moderna" (de la época. Recordad que hablamos de 1900 y poco). Por ejemplo, toda la casa tenía electricidad, con interruptores en cada habitación. Teléfonos cada pocos metros, calefacción centralizada, e incluso sistema de prevención de incendios. Además, estaba aprovechada para ser súper eficiente: el suelo de la cocina de los criados estaba hecho de caucho, para evitar que se rompieran los platos que pudieran caer.


Esta cocina, si no recuerdo mal, estaba preparada para funcionar a leña, a gas y a electricidad. ¿Por qué? Por si acaso, supongo. No querrás que se te arruine el pavo de Navidad porque de pronto haya un corte en el suministro de luz y en el de gas. Oye, nunca se sabe.


El salón para desayunar. Porque, ¿para qué tener un sólo salón cuando puedes tener cientos?



Piscina cubierta, que podían aprovechar los criados cuando los dueños de la casa se iban de vacaciones a su finca de verano. Eso que hay ahí a la izquierda es un secador de pelo. Recordemos, 1900...


The men's cave.

El despacho, con su propio equipo de radiofrecuencia.


Tenían un ala exclusivamente para los invitados, con al menos unas cuatro o cinco habitaciones dobles.
Yo creo que al final la familia ni se veía, sería súper difícil coincidir por los pasillos.



El cuarto de costura. En serio, envidio a los ricos. Había una habitación sólo para el arreglo floral. Es que me lo imagino:
-Hola, soy rica. Mis criados han recogido las flores frescas del jardín y ahora me voy a hacer un ramo a la habitación del arreglo floral.
-Hola, soy Nep. Un paki me ha regalado una rosa mustia en la plaza y me voy a cortarle el tallo a... a la cocina. A ver si encuentro un jarrón. (La rosa acaba en un vaso de Coca Cola).




Ducha de hidromasaje. Me encanta lo steampunk que parece todo.



Estos dibujos tienen una historia graciosa detrás. El primero, el del Kaiser, lo dibujó el hijo mayor de la familia (una familia con siete hijos), cuando luchó en la primera guerra mundial. El hijo pequeño, por su parte, dibujó el de Hitler cuando luchó en la segunda guerra mundial. Y es tan gracioso que lo han dejado así.




Este era mi dormitorio favorito, el de la hija pequeña. Super, super cuqui. Yo quiero que mi cuarto sea así >0<


¡Mirad los apliques!



El dormitorio principal, el de los patriarcas de la familia.



Un vestidor con ropa de la época.


Y la salita de las mujeres. La mujer era una gran cantante pero con los años perdió la voz y se dedicó a la pintura. Y no se le daba nada mal.


Los exteriores y jardines también eran impresionantes, por supuesto.










Porque, de nuevo, ¿por qué conformarse con un solo jardín cuando puedes tener varios? Este estaba todo rodeado por un muro, y se entraba a través de una especie de casita. Como si fuera un jardín secreto.




También había un jardín japonés precioso, con un arco tori y altarcillos.






Esta explanada la allanaron para jugar a los bolos. En serio, que sí.


El jardín inglés, todo repleto de flores.






Y el invernadero, porque sería una tragedia no tener cactus en diciembre.





Cataratas del Niágara

Técnicamente están en el estado de Nueva York, pero como fuimos y volvimos en el mismo día, lo considero una excursión de los "alrededores de Kent". Y a quien no le guste... que no lea.
Bueno, creo que lo que más sorprende de las cataratas es, a parte de lo grandes que son y la violencia de su caída, que están en mitad de la ciudad. Ahí, vas caminando y de pronto, ¡oh! Las cataratas. No es que estén en mitad de un monte o de un parque natural. Nop, la ciudad.
De hecho, dos ciudades. Porque son la frontera natural entre Estados Unidos y Canadá.



Y hay gaviotas, muchas, muchas gaviotas anidando en toda la ladera.



A lo que es la parte gorda de las cataratas no pude hacerles foto porque la condensación de agua era tan fuerte que se veía todo blanco.


Y yo no podía dejar de imaginarme a los primeros colonos atravesando estas tierras y diciendo algo como:
-Qué río tan bonito para navegar mientras descubro estas tierras repletas de salvajes. Oh, vaya, parece que las aguas cada vez van más deprisa. Oh, ¿qué es eso de ahí delante? Oh...





Esto era la Cueva del Viento. Entrabas dentro de la pared de roca y bajabas no sé si era la altura de veinte pisos o así, hasta llegar al nivel del agua. Allí habían puesto toda una estructura en escaleras que te permitía meterte debajo de una catarata pequeña. Entre el ruido, el dolor de la violencia del agua y el frío, de verdad que admiro a los monjes que pueden meditar ahí debajo.





¡Ardilla! En serio, hay chorrocientas. Me encantan.







Y yasta.